Secciones:

Boletín de novedades

Reciba nuestro Divertín de manera regular y gratuita.
Su e-mail

¡Web seleccionada entre las mejores!

Pareciómelo

Pedro Vallín

La taxonomía falaz (4)

Cine de derechas (Qué pequeños se ven los pobres desde mi ático)

« Hechos probados (Donde dije Diego pone otra cosa)


Para demostrar la falacia ideológica, muy brevemente, voy a explicar algunos casos de conservadurismo autoindulgente disfrazados de “compromiso” y “autoría”. Por ejemplo, es conservadurismo dedicarse a retratar los miedos del burgués europeo, sus paranoias sin sentido, hijas de la abundancia y el tedio: que me entren unos malotes en el chaletón –Funny Games (1997)–, que me espíen sin razón aparente los otros, aviesos –Caché (2005)–, que siendo yo una francesita mona, me acose y me escupa un moro grandulón en el metro –Código desconocido (2000)—, o que los otros, los demás, los vecinos, sean siempre unos hijosdeputa sin un ápice de humanidad —La promesa (1996), Rosetta (1999), El hijo (2002), El niño de la bicicleta (2009)—.


En resumen, es conservador vender estos miedos de la clase acomodada pintando una y otra vez como amenazante y violenta al resto de la sociedad. Una sociedad, por cierto, que es la más justa y pacífica de la historia del hombre —para resolver dudas, lean el colosal trabajo científico Los ángeles que llevamos dentro (Steven Pinker, Paidós)—. Por otra parte, también es conservador, si no reaccionario, sostener que el sistema democrático es tan deficiente que es un héroe quien le hace trampas y toma atajos para lograr un bien superior —Lincoln (2012)— y no digamos sostener como único mecanismo de justicia la violencia homicida, el abandono gozoso a la destrucción del prójimo, apelando a la testosterona de la platea —Django desencadenado (2012)—. Con éste último caso, el de Tarantino, he de confesar mi pasmo al verlo señalado como una narración profunda, seria e incómoda sobre la esclavitud. Resulta una coartada risible. E innecesaria: la película es estupenda, divertidísima en tanto el sofisticado desahogo fascistoide que pretende ser, pero su aportación a la cuestión negra, comparada, por ejemplo con Raíces (1977), Arde Mississippi (1988), o hasta Criadas y señoras (2011), por mencionar tres ejemplos de gran éxito y no demasiado complejos, es una estafa, una coartada intelectual para no admitir que semejante desvarío machista le resulta a uno entretenidísimo. E insisto, es un ejercicio de una extrema ridiculez, porque no era menester, dados los evidentes avíos narrativos de su director.


Aclaro que muchas de las películas citadas en el anterior párrafo me gustan. Algunas, mucho. Otras las detesto, sí, por su impostura. Y alguna de ellas, ambas cosas: me gusta aunque deteste su impostura. Me repugna que me guste, pero me gusta. Eso pasa. Ya he dicho que en mi casa celebramos más la inteligencia y la honestidad (y la bondad, nos gusta mucho la bondad aunque no esté en absoluto de moda) que la ideología, y nunca ha sido el posicionamiento político un baremo para juzgar películas o novelas. Cuestión, por cierto, que descubrí con sorpresa hace unos años al darme cuenta de lo mucho que me gustaba una película moderniqui y filofascista (dos atributos que por lo común, rechazo) como El club de la lucha (1999).


¿Cómo gente inteligente puede errar tanto el tiro? Primero, esa vocación de distanciarse de unanimidades sociales —nadie quiere ser mainstream— lleva a abrazar cualquier coartada que permita la divergencia, por peregrina que sea. Segundo, una treta muy usada últimamente consiste en juzgar las películas no por lo que son, ni siquiera por la distancia entre lo que quisieron ser y lo que son, sino por lo que se supone que significan. En general, la pretensión de que significan algo distinto de lo que dicen es, de nuevo, inclinarse al esoterismo de lo latente frente a la evidencia de lo patente. Si quieren saber a qué me refiero fíjense en la precisión con la que los más cultos e inteligentes de nuestros críticos juzgan las recientes películas de nuestro genuino auteur, Pedro Almodóvar, explicando lo que significan, defendiéndolas por importantes y evitando decir si son buenas, regulares o malas. En palabras del sagaz Félix de Azúa: “Desaparecido el concepto de belleza o excelencia como categoría reguladora, el valor de lo significativo, lo actual y lo interesante es, en materia artística, un absoluto”.

Los motivos de esta anomalía son complejos, pero en general hay que buscarlos en otra patología de origen judeocristiano: el complejo de culpa. Por no extenderme mucho en ello, digamos que el occidental europeo se siente culpable de su éxito civilizatorio y en lugar de aspirar a que todo el planeta disfrute, al menos, de un grado de libertad, derechos y prosperidad homólogos a los europeos, nos dedicamos a la autolesión redentora. Quizá porque durante años el estructuralismo sostuvo que la prosperidad de occidente se levantó sobre la miseria del resto del mundo. Cosa que, a poco que uno lea series largas de PIB de las que provee el Programa de Desarrollo Humano de Naciones Unidas, se demuestra rotundamente falsa, desmentida de forma inequívoca por los datos. Por eso, dedicarse a ese mea culpa cinematográfico es una frivolidad. Como encumbrarlo. Quiero decir, teniendo en cuenta la pervivencia de aberraciones como la semiesclavitud de los sintierra brasileños, el sometimiento y mutilación de la mujer en las teocracias musulmanas o la subyugación a la violencia de los niños de la guerra africanos, hacer una película sobre el parado europeo del tono apocalíptico y tremendista de Rosetta demuestra una ligereza autoerótica bastante grosera. Al menos, desde el punto de vista del progreso humano.  

El advenedizo y el robot (A este juego podemos jugar todos) »




Archivo histórico