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Pareciómelo

Pedro Vallín

La taxonomía falaz (3)

Hechos probados (Donde dije Diego pone otra cosa)

« (2) Los escritos de la acusación (Affleck y las esvásticas)


Refrescados los conceptos de progresismo y conservadurismo, vamos con Argo. La película de Ben Affleck incorpora una breve introducción en la que responsabiliza a Estados Unidos, sin ambages ni lenitivos, de aupar y mantener en el poder a un dictador, el Sha de Persia, y atribuye al descontento causado por esa estrategia estadounidense el desencadenamiento de la revolución islámica, en general, y de la toma de la embajada de Estados Unidos en Teherán por una turbamulta de estudiantes, en particular. No obstante, no deja de retratar al régimen ultraconservador iraní como lo que es, una teocracia medieval, fanática y obsesionada con el enemigo pagano occidental, en tanto es epítome y baluarte de las libertades de que disfruta la verdadera ciudadanía y que tanto ofenden por inmorales a la ultraortodoxia musulmana. Las izquierdas europeas tienen una llamativa simpatía por las teocracias islámicas heredada quizá del apoyo que les brindó la URSS, si bien Moscú las apoyaba por pura táctica de Guerra Fría, no porque bendijera sus castrantes principios del Medievo.


La película, ciertamente, no retrata el lado turbio de la CIA. Que lo tiene, claro, porque es un servicio de inteligencia donde, por definición, todo es latente y nada es patente. Pero hace algo mucho más astuto, se ríe de ella mostrando su verídica estupidez. Es toda una reivindicación de la navaja de Ockham: cuando la CIA hace las cosas mal no es siempre por su siniestra condición, sino que también se debe a que sus empleados, como el común, a menudo son perezosos, soberbios y mediocres. Las reuniones para planificar la operación aportan maravillosas escenas de comedia, narrando por ejemplo cómo el Big Plan que discurrieron los preclaros burócratas consistía en que los seis diplomáticos cogieran unas bicicletas y pedalearan quinientos kilómetros en pleno inverno persa.

Que los titiriteros de Hollywood, siempre sospechosos de comunismo y mariconerío para los poderosos aparatos del Estado, sean los encargados de montar el artificio con el que engañar al régimen puritano iraní es un sarcasmo histórico tan gozoso para la propia película (que se da por aludida) que Affleck no deja de sacarle punta a esta paradoja demostrando innegable talento para la sátira. Voy con el spoiler: la película acaba bien porque la operación fue un éxito de veras y porque en la ficción a menudo el bien (la democracia) se impone al mal (la teocracia). Es bueno y bonito que así sea, más aún si es cierto. Y también es ejemplar. Planteado como un thriller aventurero con trazas de comedia —y no como un documental—, Affleck se toma las licencias mínimas para crear un gran entretenimiento. Nada que objetar. No faltaba más.


Hay una cuestión añadida que me produce un gozo particular. El epílogo de la película está narrado por la voz de Jimmy Carter (que era el mandamás cuando se realizó la operación), sin duda el presidente más denostado de la historia reciente de los Estados Unidos —Bush junior lo habría superado si no hubiera sido por que 11-S lo convirtió en intocable—, entre otras razones, por culpa de la crisis de los rehenes de Teherán. Carter también es lo más parecido a un socialdemócrata que ha habido en la Casa Blanca. Al menos, hasta Obama. Hacer pública ahora esta audaz operación de rescate (desclasificada en los noventa por Bill Clinton) es una forma hermosa de desagravio histórico. No era tan tonto ni tan inútil como quisieron hacer ver los reaganistas.

Es, en resumen, una cinta divertida y emocionante, claramente progresista, que sin embargo parece despertar la furia del más feroz antiamericanismo, una de las expresiones más naïf del pensamiento prêt-a-porter, ese automatismo mental bastante habitual también conocido como lugarcomunismo y consistente en tomar unidades argumentativas prefabricadas y aplicarlas por doquier a poco que encajen.

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