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Pareciómelo

Pedro Vallín

La taxonomía falaz (2)

Los escritos de la acusación (Affleck y las esvásticas)

« (1) Democracia y conspiración (De Hollywood y Ockham)

 


En la sucesión de improvisados fiscales de los delitos de lesa ideología hay de todo. Los hay de brocha gorda, insultadores, sin más —“cinta simplista y lacrimógena que apesta desde lejos a abanderamiento, a palomitas rancias, a mentira que se vende en taquilla”— que por supuesto se lanzan a la célebre paranoia sobre la mano negra (lo latente) agazapada tras el entretenimiento (lo patente): “Juego sucio de los dirigentes y mandamases educando al espectador medio con su panfleto político”. Voy a detenerme un momento en esto, porque es grave. Y voy a decirlo sin enfadarme. Una de las cositas más irritantes de los guardianes de la rectitud política en la cultura es esa habitual inclinación  —impugnadora de la democracia— a tratar con condescendencia al espectador. Ese tufillo de superioridad que se lee tras la expresión “espectador medio” es uno de los tics ordinarios de quienes denuncian “manipulación de las mentes”. Entiendo la confortabilidad de la idea, porque presupone que el abajofirmante de turno es de otra pasta, que posee un incorruptible criterio y olfato para el trampantojo y no caerá en ese engaño preparado para cazar al “espectador medio”. Digamos que se considera a sí mismo parte de esa élite virtuosa de la que hablaba Ortega, a la vez que toma a sus semejantes por estúpidos hombres-masa. Esa presunción trasciende la cultura y la filosofía orteguiana pues es de origen religioso: el cristianismo siempre calificó a su feligresía de “rebaño”, literalmente —reservándose el pastoreo para sí, no faltaba más—, y la izquierda europea, cuyas raíces filosóficas beben en el sustrato igualitario del cristianismo, ha heredado esa tendencia a despreciar al vulgo, ese vicio de proclamar que es sujeto de derechos (es decir, que los derechos residen en cada uno de sus miembros) pero tratarlo como si solo fuera objeto de derechos (o sea, que es un pasivo receptor de derechos otorgados), por explicarlo con la especificidad jurídica con la que un diputado chanante hablaba de los animalitos. Por eso, porque toman a todos por “rebaño”, a veces a las izquierdas europeas les da por boberías como prohibir la publicidad de las hamburguesas. Y cosas peores.


Del mismo autor y con ocasión del mismo objeto, la denigración de Affleck, tenemos otras exhibiciones: “[En Argo] no hay simbolismos ni, como diría Godard, ninguna elección moral del plano”. Como diría Godard. Del cascarrabias Godard, que anda diciendo que el cine está muerto desde hace treinta años (“el primero que lo huele debajo del culo lo tiene”… uy, perdón), me sé yo otra cita. Un gran amigo, cinéfilo y lector inteligentísimo, salía tan eufórico de ver esa gloria de la narración y la alegría titulada Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal que no pudo contener un grito en plena calle dedicado al augur del acabose fílmico: “¡Me cago en Godard!”. Amén. También dice el amargo insultador que Clint Eastwood y Ben Affleck “se parecen en la senectud de un cine trasnochado”. Vayan apuntando: mola Godard, no mola Eastwood. Así se escribe la historia. Y más sabiduría cinéfila para honrar a la ganadora del Oscar: “Nosotros querríamos vivir un descenso imposible con un whisky sin hielo por las cataratas de un guión bien escrito”. Paren un momento y vuelvan a leer eso. ¿Ya? Vale. Esta perlita, que por su acuoso contenido da bastantes ganas de orinar, la expongo aquí no para avergonzar a su autor, que seguramente nunca lea estas líneas ni falta que le hace, sino para vacunación de todos los que de vez en cuando se sientan tentados de realizar un descenso imposible por las cataratas de las metáforas pretenciosas, un pecado del que no es ni mucho menos inocente quien esto firma.


A otro analista, de suyo mucho más propenso aún al despiporre intelectual, le he leído, con todas las letras, que el caso de Argo (por la aparición de Michelle Obama en la gala de los Oscar) es similar al de El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl. Y punto. Yo quiero de eso que se mete esta gente. Pero, haciendo bueno el consejo de un bebedor profesional como Caballero Bonald, prometo usarlo para salir los viernes y no para escribir.

Dado que en mi casa, además de gustarnos mucho los Oscar, prestamos más atención a la inteligencia y a la honestidad que a la ideología, no sería justo decir que no hayamos descubierto practicantes del vicio este ideológico cuya pluma e intelecto son más floridos. Hasta brillantes. Uno de los mejores, más cultos y sabios, de los que leía con atención devota mucho antes de dedicarme al periodismo cultural, escribía hace poco que en los Oscar de este año se elegía entre “el cine entendido como espejo que devuelve una imagen favorecedora o como espejo que devuelve una imagen incómoda”. No es cierto, claro, tres mil personas que hacen cine votan las películas que les gustan, no los conceptos sobre los que se asienta cada una de ellas, pero la licencia del analista es bonita y útil para lo que me propongo: Habría que ser un poco más preciso, eso sí, pues si bien la tentación de mejoramiento del mundo es cierta y muy común en la ficción doméstica (entendiendo por doméstica la que se administra en el seno familiar y tribal, la que usamos de común desde antes incluso de que se inventara la literatura para dotar de sentido a lo que carece de él), no es menos verdad que buena parte del más prestigioso cine europeo que retrata la contemporaneidad, aupado por esos festivales que deciden sus premios en reducida francachela, practica un desmelenado empeoramiento del mundo (significativamente, del mundo occidental, como si no fuera el inequívoco mayor logro de la civilización humana), una tergiversación tan tramposa e interesada como pretender que nuestra vida es un reportaje fotográfico de Casa y Jardín. Y, por cierto, uno de esos cineastas europeos inclinados a la deliberada tergiversación ceniza acaba de ser coronado con un Oscar. Para más señas, aquí.


Los pecados ideológicos que se le imputan a la película de Ben Affleck, producida por George Clooney y basada la operación de rescate de seis empleados de la embajada de EE UU en Teherán llevada a cabo por la CIA, son básicamente tres. Visión maquillada de la CIA, tomar partido en el conflicto por Estados Unidos y no por Irán, y forzado final feliz de la operación. Luego está eso de la “elección moral de plano”, pero esto, ya si eso, lo dirimiremos cuando el analista aprenda algo sobre la elección moral de la metáfora. Lo que se le reprocha a Argo es una infamia, pero antes de continuar debemos aclarar algunos conceptos (que ya deberían estar claros, pero que obviamente no lo están). Progresismo es creer en el futuro, creer que la vida de los hombres, de la sociedad, puede mejorarse y trabajar para que así sea, denunciar las injusticias que degradan y someten al hombre, solidarizarse con quienes viven dominados y privados de libertad o de los medios para su supervivencia, desasirse de las tradiciones oscurantistas asumiendo el convencimiento de que las sociedades del pasado fueron siempre peores y defender la libertad del ser humano para buscar la felicidad. El progresista lo es por creer que la mejor sociedad posible no habita en el presente ni el pasado, sino en el futuro. Cree en el derecho a la prosperidad y al progreso personal, en lo colectivo y en lo individual, y sabe que la ciudad es el escenario adecuado para el ejercicio de los derechos. Conservadurismo, por el contrario, es miedo a los cambios, es intentar conservar (!) lo existente, el statu quo, es inmovilismo social y tradiciones, es pensar que los cambios sólo son a peor y trabajar contra ellos; es añorar el pasado y lo rural. El conservador teme al mañana y los cambios, y siente nostalgia del mundo que fue.

Hechos probados (Donde dije Diego pone otra cosa) »




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